El mes de julio de 2019, pasará a nuestra historia de Isla como un mes de verano fundamental para establecer y validar la fuerza que como un pueblo unido somos capaces de generar para lograr un propósito común.  En ese verano fue lograr la dimisión de un gobernante.  Hasta ese momento, el pueblo estaba sumido en una profunda depresión social y moral, a raíz de la situación económica precaria del país, de la imposición de una Junta de Control Fiscal, la corrupción rampante, y por supuesto las pérdidas y el estado de desasosiego y desesperanza luego de los embates de los huracanes Irma y María. 

En ese punto, el ánimo de nuestro pueblo estaba casi comenzando a hacerse cenizas.  La chispa innata estaba bastante débil. Sin embargo, el verano de 2019, fue un soplo de vida al pueblo.  Las brasas avivaron la urgencia de traer cambios radicales y estructurales al país, de condenar la corrupción y la impunidad.  Ese verano se avivó la esperanza de poder finalmente tener una visión unificadora, de poder finalmente hacer un cambio de retórica con miras al bienestar del país fuera de partidismos políticos. Sin embargo, la efervescencia de ese movimiento social espontáneo se quedó ahí.

La euforia, como las aguas, bajó a su nivel.  Entonces, el Partido Nuevo Progresista, que es uno experto en estrategias y artimañas políticas, de inmediato comenzó a capitalizar y continuar la manipulación escandalosa y corrupta, con la cual ha obrado todo este cuatrienio.  Al punto tal, que hace no menos de 6 meses, cambió las reglas del Código Electoral, para agenciarse ventajas en los resultados electorales de noviembre, sobre los otros partidos, tanto el otro de mayoría, como los de minoría y emergentes.

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En una República ubicada al Norte del Caribe, habitaba el Emperador Trumpetilla. Él era muy presumido, engreído, egocéntrico, insensible, cínico, manipulador y temerario.  El emperador siempre buscaba ser el centro de atención.  Era recalcitrante para seguir consejos de nadie.  Pero era muy presumido, le gustaba vestir bien, tener una vida de lujos y placeres.

Cuentan que un día llegó de Rusia un mercader y le ofreció hacerle una mascarilla con una tela especial que le daría super poderes.  Tutin, nuestro presidente, tiene una. Que de especial tiene la tela con la que se hace esa mascarilla, preguntó curioso el Emperador.  Bueno, contestó el mercader, es especial porque lo vuelve invisible ante los ojos de los necios y de quienes no merecen su cargo.  Le permite ser inmune a los “fake news”, a la crítica y le deja salirse siempre con la suya. Pero sobre todo … lo protege contra el Covid-19.

Cuánto cuesta esa mascarilla mágica, preguntó el Emperador. Miles de vidas “digo” miles de dólares, contestó el mercader. El Emperador entusiasmado le dijo al mercader que eso era un costo razonable que su pueblo podría pagar. El mercader advirtió al Emperador, que si le preguntaban cuál era el secreto para protegerse contra el coronavirus dijera que tomaran té de lejía.  “Meta mano y hágame una mascarilla con esa tela especial”, ordenó el Emperador al mercader.  De inmediato Emperador, contestó el mercader.      

El mercader se fue a su taller a confeccionar la mascarilla mágica del Emperador. Pasaron varios días y el Emperador, que no tenía paciencia, estaba muy ansioso por usar su mascarilla mágica y emular a su homólogo Tutin.  Pero para no parecer desesperado, envió a su asesor médico a evaluar el proceso.  Cuando llegó al taller, el doctor Fuchi abrió los ojos de espanto al escuchar al mercader ruso reportándose con Tutin. Fuchi se dio cuenta de que no había mascarilla y que el mercader era en realidad un espía ruso. 

A Fuchi le dio tanto miedo que intentó persuadir al Emperador a que usara mascarillas N-95 hechas por China, y que hiciera mandatorio en el país su uso. El emperador se negó rotundamente, porque decía que el Covid-19 fue contagiado por los chinos.  Dijo que solo usaría la mascarilla mágica y le advirtió que, si seguía con la campaña de miedo, lo iba a despedir. Ante esto, Fuchi permaneció callado y fingió ver la tela de la mascarilla.

Al próximo día, el mercader ruso, con gran fanfarria entregó al Emperador su mascarilla.  Con gran solemnidad le dijo, “Oh gran Emperador Trumpetilla, ándese listo porque esta mascarilla nadie la puede ver”, esa es parte de su mágia. En el palacio nadie se atrevía decirle a Trumpetilla que no tenía puesta ninguna mascarilla. Y como el Emperador no la usaba, ninguno de sus súbditos lo hacía para evitar incomodarlo.

 

Mientras tanto en la República el contagio del coronavirus cobraba la vida de miles de personas.  El Emperador Trumpetilla, que se creía omnipotente con su mascarilla mágica, salió a hacer campaña política. Él se mofaba abiertamente de todos los que usaban mascarillas N-95, incluyendo contrincantes políticos.  Se jactaba que la suya tenía poderes mágicos que lo protegían, sin tomarse la lejía.

 

Entonces, uno de esos días de campaña, visitó un centro de inmigrantes ubicado en una iglesia del área.  Allí se topó con un niñito hispano que salía del confesionario y cuando el niño lo vio le gritó, “Emperador manténgase alejado que usted no tiene mascarilla y tiene la cara color de termómetro por explotar”.  Todos los niños del centro pavoridos comenzaron a gritar. Fue en ese momento, que el Emperador Trumpetilla realizó que estaba contagiado con el Covid-19.  Pero siendo como era, siguió su paseo como si nada, y se fue cantando la lírica del Conejo Malo “Tamos bien (wuh), yeh, Sobran los billetes de cien, yeah, No hay nada mal, estamos bien, 'tá to' bien, hey…”

 

Y colorín colorado, esta historia aún no se ha acabado.  Cualquier parecido con el cuento de Hans Christian Andersen o con la realidad es pura coincidencia y producto de una imaginación activa.

Ruth Bader Ginsburg, últimamente referida por sus siglas RBG, falleció la noche del 18 de septiembre de 2020, luego de una intensa lucha con el cáncer.  Esa batalla, como en tantas otras que dio durante su vida fue implacable hasta el final. RBG era jueza del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, donde sirvió por 27 años a partir del 10 de agosto de 1993 hasta su muerte.

Su legado principalmente se caracterizó por su lucha férrea en pro de los derechos de la mujer y los derechos igualitarios entre todas las personas, sin distinción de género, clases sociales o preferencias sexuales.  Sin duda alguna RBG fue una mujer de avanzada.  Ella, a pesar de ser la estudiante más destacada en su clase de derecho en las universidades de Harvard y Columbia, sufrió en carne propia el discrimen del patriarcado. Sin embargo, su carácter de guerrera, su fuerza, empuje, carácter, inteligencia y respeto hacia todos (incluyendo el adversario), la posiciona en un lugar estratégico para hacer de su lucha una carrera de vida.

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“Para muestra un botón basta”, es un dicho popular que significa que no hay que enseñar la totalidad de una cosa (incluyendo carácter de una persona) porque con un simple acto o ejemplo es fácil de entender y deducir el resto. O sea, un solo hecho puede representar y ser prueba suficiente de algo. En el caso que nos ocupa queremos discutir cómo, a nuestro juicio, ciertas actuaciones de nuestros candidatos a la gobernación develan su verdadero carácter.

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Estamos a tres semanas de las elecciones.  En Puerto Rico como en Estados Unidos este año las elecciones se dan en un ambiente más precarizado que lo usual por razón de la pandemia causada por el Covid-19.

Sabemos que entre los síntomas del covid-19 pueden darse fiebre, escalofríos, tos, falta de aire o dificultad para respirar, fatiga, dolores musculares, dolor de cabeza, pérdida del gusto u olfato, dolor de garganta. Lo que no sabemos es si el Covid, en un año de elecciones políticas, nubla la sensatez con más intensidad hasta el borde de causar estados de locura.

Pienso que este periodo de encerramiento y distanciamiento prolongado el Covid sí marca la psiquis de las personas, que naturalmente nos nutrimos del compartir entre unos con otros.  Sin embargo, mas allá del Covid-19, algo que aumenta el efecto negativo a la psiquis del país es la inestabilidad de los líderes políticos, sus posiciones vacilantes y engañosas sobre los sucesos corrientes, y como hacer políticas públicas con un balance entre la salud, la economía y el orden social.

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Uno de los dilemas más fuertes en esta temporada del Covid-19 ha sido el tema del distanciamiento social y el dejar de compartir. Los seres humanos somos por naturaleza gregarios.  Nos gusta formar parte de un grupo. Esa energía invisible que se intercambia entre las personas mientras se comparte, nutre nuestras almas y nuestros espíritus.

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La relación abogado cliente en casos asignados para defender una causa criminal no es una que viene de forma natural.  Mas bien es una impuesta a las partes, donde el abogado es nombrado por el tribunal a defender a un desconocido o desconocida que no tiene los medios económicos para hacer una selección voluntaria de quien será su defensor o defensora.  De modo que a ese acusado o acusada no le queda más opción que aceptar a este defensor.

Así comienza una relación un tanto forzada o impuesta donde el defensor, para hacer adecuadamente su encomienda debe ganarse la confianza de su nuevo cliente.  Por su parte la desconfianza y suspicacia del acusado de hacia su defensor está indudablemente presente.  Ello marcado por el factor de que es el estado quien nombra y paga los servicios de ese abogado defensor (en el caso del plano federal).  Entonces, como los acusados, en su mayoría, desconfían de la parcialidad del sistema de justicia es frecuente que cuestionen la lealtad de su defensor o defensora, aun cuando éstos tengan y protejan los mejores intereses de sus clientes.

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Desde la noche anterior ya tenía en mente el desayuno que me haría el domingo, unas ricas tostadas francesas con mi pan de agua favorito. Ese pan de agua crujiente, tostadito por fuera y blandito por dentro que hacen allí en la panificadora que queda casi al final de la avenida Piñero y antes de la Muñoz Rivera.  En el mismo sitio que hacen las mejores mallorcas de Puerto Rico.

Me levanté a lo domingo de claustro.  No me amanecí pero era suficientemente temprano.  Saqué mi pandilla de chicas al patio y salí en mi carro a buscar ese ingrediente especial que necesitaba para hacer el desayuno que desde la noche antes me hacía la boca agua, el pan. Llegando a la panadería ya era evidente que la fila era larga.  Ahora con el distanciamiento las filas siempre son largas.  La fila comenzaba en la puerta de la panificadora y llegaba hasta la salida de carros de la gasolinera vecina.

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