El escritor debe protegerse de las trampas del ego y de sus mismos prejuicios. Aveces a algunos les da trabajo reconocer la labor ajena a su propia producción y esto podría pasarles, sobre todo a los que no leen a sus coetáneos, o a los que, ya montados en su ecuación de palabras, entran a la famosa torre y desde allí ven todo lo demás tamaño hormiga.

La literatura es un acto de valor, respetable en su forma primitiva desde el buen uso del lenguaje hasta el logro de llevar en su mensaje la imagen esencial del poeta. Esto requiere de humildad, amplitud de visión de vida y entendimiento de que es mejor escribir para sentirnos felices que escribir para llegar a la iusión de ser famoso. Dentro de ese espectro del buen uso del lenguaje al mensaje llevado podría pensarse que se trata de una fórmula simplista, pero no es así; es que, en el trayecto, cada escritor evoluciona, se enriquece, se transforma, cambia de temas y se actualiza como el cosmos mismo.

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 Quiero que me alborotes

que al borde de tus sueños me desborde,

que las ansias de ti me transforme en un río

y te arrastre para que  desemboques,

creciendo caudaloso por mi cuerpo de agua

y nos cubra el presagio del puente en el abismo.

 

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Sombra bicéfala

bajo la luz candente

de un cielo fiero, sombra.

Insolicitada, allegada

a mi puerta;  y umbras oscura

bajo el blanco frío

del hielo.

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Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalida en la calle

no pediría pan

sino estiraría mi mano con la hija en brazos

derramaría una copita de ron en la acera (pa’ la suerte)

y pediría un mendrugo del otro pan q ue me daría más hambre

 

Pan para la piedad

virgencita de la Macarena

 

Pan para la paz

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Sonaron seis campanadas del reloj, eran las mismas que sonaban diariamente, solo la luna o el sol indicaban si era la hora de despertar o la hora de dormir.

Emilia, abrió los ojos, observaba el mismo techo por los últimos cincuenta años, las mismas campanadas, la misma cama, el mismo cuarto, lo único diferente era el aroma a vacío de la mañana, la falta del beso de José María, que extrañaba al despertar. Apenas recuerda sus labios rancios al despertar, veinte años tratando que no se le fuera el último beso que se dieron.

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