altDedicado al motivo del cambio y al haber abrazado las luciérnagas brotando del agua.


Del robusto árbol de raíces profundas y saludables, crece la preciada madera.

Moldeable madera la cual parte y la quiebran. ¿Cuéntame tú por qué la gente parte o se queda?

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altCenicienta Cibernética sentada con calma, persiguiendo el cenit de la sabiduría.

Información en transmisiones de ondas eléctricas que te mantienen en la silla, en la celda cautiva.

Serenata de bips, mientras acaricias tus cabellos castaños.

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altSiempre que recuerdo a París, pienso en un músico, algo gordito y

mayor; quizá entre 60 y 65, que vi tocando violín en un pasillo de un

túnel del tren. Tenía unas secuencias grabadas y tocaba –con esta facilidad espantosa– unas composiciones con melodías para mí infrecuentes, exóticas e

inusitadas. Era como escuchar una música inexistente en mis archivos,

de otro planeta o una cultura acabada de descubrir en la India, África o Asia.

Quizá fue una remembranza de los archivos a cásicos o alguna

música que se le escapó a Jung en algún viaje al inconsciente de la humanidad y que plasmó en su Libro Rojo.

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Reflexionando sobre la cultura tenemos que aceptar que hay ideas que se convierten en pura retórica. Tenemos todas las libertades culturales en Puerto Rico, esa es retórica, una mentira que se convierte en un lugar común. A medida en que el neoliberalismo se impone como una verdad sobre la realidad se va articulando una estrategia del miedo como instrumento de gobierno. Esa es la verdadera cultura que hemos ido creando. Incluso entre los grupos de izquierda, si es que quedan en Puerto Rico, esa apocalíptica del miedo se ha instalado. Esa perspectiva se transforma en una forma de imponernos las soluciones a los problemas, reales o inventados.

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altEs preciso que de una vez

descubramos la palma

que tiene negro el penacho.

Nuestros muertos en su cimera

esperan ser enterrados.

Allá arriba están en sus lamentos

que el viento propaga implacable.

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altOscar López Rivera, oriundo del pueblo de San Sebastián, es el preso político más antiguo en todo el mundo. El que no conoce su historia, podría presumir que está preso en una cárcel en Cuba, un país comunista, al que se le imputa tener decenas de presos políticos en sus cárceles. Lo paradójico del asunto es que recién cumplió treinta y dos años confinado en una cárcel de los Estados Unidos, país que hace alarde de ser el paladín de los derechos humanos. Oscar fue convicto del delito de conspiración sediciosa: planificar el derrocamiento del gobierno de ese país. A pesar de que nunca se le probó ser autor intelectual ni material de ningún hecho violento, su vinculación a las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), grupo armado que profesaba la independencia de Puerto Rico en los estados Unidos, fue suficiente para que se le condenara a una extremadamente larga condena en prisión.

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