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El Sonero Mayor: Ismael Rivera El Nazareno

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alt[Nota editorial: palabras ofrecidas por el autor en la presentación del libro El Nazareno, de Daniel Nina, en la Feria Internacional del Libro de la Universidad Autónoma de Chiapas, México, quien es investigador de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Chiapas]

Dice el sentido común que el caribe es sol, mar, olas y música. Y lo es, no hay duda. Pero más allá de esa idílica propensión a sentir las regiones como si fueran monumentos sin gracia y sentido, existen otros paisajes, otros senderos por los cuales y a partir de una narrativa directa y profunda, nos puede hacer ver más allá de lo evidente. De eso se trata la novela El Nazareno de Daniel Nina, de hacernos sentir dentro de esteros y costas vírgenes para recordar que nuestros héroes, nuestros padres fundadores de la Huella, son personajes santificados, sí, pero de carne y hueso, con todos los torrentes pasionales que cualquier alma, amorosa y veleidosa, debe tener.

Ismael Rivera, Maelo, El Brujo de Borinquén, El Sonero Mayor, portorriqueño de nacimiento y caribeño adoptivo, músico allende los océanos y verbalizador de la palabra santa hecha son, aparece en El Nazareno como parte medular de la historia fundacional de la salsa de Puerto Rico. La novela, maravillosa en la estética mostrada cuando nos retrata a Maelo, es un recorrido intenso, de principio a fin, de su vida y su inserción como protagonista de la Época de Oro de la música que haría nombre para Puerto Rico mismo y para el resto de caribe.

Daniel Nina invoca al Maelo muerto para darse vida propia y contar su historia. Si nos quedásemos en la estructura lírica de la biografía novelada, El Nazareno devela al instante la historia de uno de los más grandes músicos de Puerto Rico y anexas. Pero no se trata de eso. En realidad, Nina nos lleva de la mano hacia los inhóspitos terrenos de una narrativa que no se cuenta por sí sola, sino en vinculo permanente con la odisea del “ser músico”, no el que toca algún instrumento o interpreta una canción, sino alguien con la encomienda sacra de ser el vocero, el hacedor de palabras que teje el sentido de una misión que, a lo largo de las páginas, es una epifanía completa en la vida de Ismael Rivera, El Sonero Mayor.

Negro de color pero también de ideología, Ismael Rivera, siente la necesidad de reivindicar una causa que solo entiende con un diálogo íntimo con el Cristo Negro, el Negrón de Portobelo, en Panamá. Ahí se le revela su negritud en forma de salvación y de proceso libertario que le dura toda su vida.

A partir de ahí, El Nazareno ya no es una novela sobre un salsero, sino es un discurso redentor de una causa más allá de un movimiento musical o, si se prefiere, de una trayectoria vital con dirección musical: la novela es un relato de sentido de vida de alguien quien asume su arte como elemento de transformación.

Ismael Rivera como político. Redentor de los negros, asume su misión como parte de su vida. Repone culpas, se siente capaz de ser un enlace entre la independencia de Puerto Rico y la negritud del caribe. Levanta los muros de la intolerancia y piensa en el guaguancó, la bomba, el bolero, la salsa, como el vehículo sagrado por donde pasa inevitablemente la conciencia política. Más aún: es la lucha por la emancipación, que no entra como arte únicamente sino como un Destino, una consigna entre lo sacro y la iluminación de un hombre común, negro, que ve la luz al final del túnel todo el tiempo. Maelo Libre, siempre libre. Maelo dirigente moral y espiritual de la melaza negra caribeña.

Ismael Rivera religioso. Entre alabanzas híbridas de deidades condescendientes, pero igualmente celosas de los pactos que se hacen desde la intimidad de la mirada y la introspección espiritual, lo sacro del Brujo de Borinquén, es la guía de su arte y su lucha; es su pertinencia, su beneficencia y su apuro. Entre collares Orishas y santiguos cristianos, entre lo profano de su arte y su ascensión al paraíso que el mismo se crea, entre el soneo y el vacilón, pobre Maelo, sufriendo por lo terrenal y lo espiritual, sabe que cuando vive y alimenta su encuentro con sus deidades muere más aprisa pero así llega más rápido a la promesa hecha vida.

Ismael Rivera de los excesos. Es el brujo salsero que no deja de moverse, no puede; voces que le hablan todo el tiempo recordándole su misión. Heroína y ron en complemento de esa búsqueda; intensidad por explicar cada día, cada hora cada minuto de su existencia. Voces. Negación rotunda a la fortuna y la complacencia, a lo fácil, lo que no cuesta. Solo sufriendo se vive. Y amando. Soportar eso, se necesita una dosis extra de pasión contracultural. Maelo es excesivo, hasta para vivir y, por supuesto, morir.

El Nazareno, de Daniel Nina, responde a todas las interrogantes que cualquier lector y consumidor musical pueda tener. La biografía de Ismael Rivera no es más que hacer nuestro el sendero por el cual discurre un artista, el Sonero Mayor, a lo largo de su vida. Pero el texto es entrañable si lo vivimos como la identidad de un pueblo, Puerto Rico, y una región, el Caribe, a partir del son, la salsa, el baile, desde una cartografía musical donde se arraiga la querencia y forma de ser de la gente. Si en México la fibra emocional se encuentra en el mariachi y la balada, en Puerto Rico, cuna de la época dorada de la salsa, está en los ritmos afrocaribeños, al mismo tiempo del sentido de libertad que otorga la propia condición de isleño y su relación permanente con el mar. Por eso el libro de Daniel Nina pega. El Nazareno no es más que el recorrido sagrado y emocional que todos/as, absolutamente todos/as, debemos de recorrer a lo largo de nuestro paso por este tiempo en busca de nuestra libertad personal. ¡Aché!