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DE GARDUÑA A BUFÉ

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altLas novelas y los abogados comparten sendas leyendas tenebrosas.

De las novelas, se ha dicho que hacen daño a quien la escribe, como al que la lee. Esto lo dijo don Eugenio María de Hostos en su libro Moral Social (1888). En este texto arremete contra la novela. Dice que es necesariamente malsana. De los novelistas del siglo XIX dice cosas terribles, que eran “vagabundos de la fantasía” y “corruptores de la razón”. Según Hostos, la novela desordena al ser interior y vicia la percepción de la realidad. Así que, de acuerdo con el maestro Hostos, el tiempo que se dedica a leer novelas es “consumir inútilmente la existencia”.

Lo interesante es que Hostos, dos décadas antes, escribió su única novela, La peregrinación de Bayoán (1863), que no fue un éxito de ventas. El crítico Enrique Anderson Imbert la catalogó como una “rara novela” por sus méritos de estilo y extraordinarios lirismo. En la segunda edición, Hostos aclaró que se trataba de un diario íntimo con intenciones doctrinarias. Luego, en su Diario expresó que su novela no fue comprendida. Hostos esperaba que Bayoán le diera fama y prestigio, como aspira todo(a) autor(a) con su primera novela.

(La primera novela de un escritor es como un conjuro de sus demonios personales, un exorcismo privado y disfrazado. El escritor novel debe evitar que la ansiedad de publicar malogre la obra. En la segunda, el novelista busca demostrar que tiene vocación y el dominio técnico del género. Es a partir de la tercera que el novelista comienza a revelar sus sueños y los motivos que lo inducen a escribir.)

Los inquisidores españoles también calumniaron la novela. Durante trescientos años, el Santo Oficio prohibió la publicación e importación de novelas a la América hispana. En 1532 y 1543 se vedó el paso a América de libros de imaginación. Según los santos inquisidores de los siglos XVI, XVII y XVIII, las novelas son libros disparatados, absurdos y mentirosos, perjudiciales para la salud espiritual de los indios. Durante trescientos años, en Hispanoamérica solo se leyeron novelas de contrabando. La primera novela moderna El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicada en Madrid en 1605, llegó escondida al Nuevo Mundo. A su autor, don Miguel de Cervantes Saavedra, el Consejo de Indias le negó en 1590 su solicitud de viajar y trabajar en América. La primera novela que se publicó en nuestra América apareció en 1816 en México, después de la independencia.

Una suerte similar tuvo en Hispanoamérica el oficio de abogado. En 1509, el rey don Femando prohibió que los letrados abogados emigraran a las colonias españolas. Fue que los conquistadores le contaron que a causa de haber pasado a las Indias algunos abogados han sucedido en ellas muchos pleitos y diferencias. Se les calificaba como maestros del litigio y la contienda. Pero, como sabemos, los abogados se las arreglaron y abundan hoy, como la hierba, en cada rincón del continente. Los primeros abogados que obtuvieron el permiso del rey para viajar a América fueron aquéllos que justificaban y defendían el derecho derivado de las conquistas y de las armas. No eran bienvenidos, por supuesto, los pocos letrados que promulgaban la libertad de los indios y el derecho de rechazar la evangelización a la fuerza.

Además de compartir un pasado de penurias, los abogados y las novelas se desplazan en terrenos ideológicos parecidos. El buen abogado sabe que el Derecho es fundamentalmente Lenguaje e Historia. La novela es Lenguaje y una de las maneras de recordar o narrar la Historia. La novela es representación subversiva de realidades. En la novela, la vida es un simulacro, un deseo de reinventar la realidad. Por eso la buena novela es aquélla que fabrica su mundo particular, con atmósfera propia y leyes físicas a su antojo.

Las leyes y el Derecho son intentos, generalmente fallidos, de organizar y controlar la realidad apabullante y las conductas que se rebelan al orden convencional. Stendhal, novelista del siglo XIX, dijo que el Código Civil francés – del cual se origina el nuestro - era el mejor modelo para escribir una novela. (El código civil es la compilación de leyes del derecho privado. Entre otras cosas, te impone como casarte, como divorciarte, como relacionarte con el vecino, como disponer de tus propiedades, en fin, como vivir tu vida y como tratar con otras personas.)

Las novelas, por su parte, lo retan todo, lo convencional y lo aparente. Retan lo conocido. Retan y reinventan el lenguaje. Retan y denuncian las ficciones de la legalidad y los artificios convencionales. Por eso toda novela es revolucionaria. Y he aquí lo que no vio Hostos. Esa tarea perentoria de la buena novela de decir la verdad y desafiar el orden opresivo. No es extraño, pues, que generalmente la novela mira a la abogacía y a los escenarios jurídicos con severidad, sobre todo cuando el abogado utiliza el fraude, el engaño y la mentira.

En las novelas se utiliza la mentira para lidiar con las penurias. La novela es un intento de cerrar el abismo entre la realidad y la fantasía. Mario Vargas Llosa dijo que “No se escriben novelas para contar la vida, sino para transformarla”. Por eso la novela se desarrolla mejor en tiempos de crisis, cuando hay que cambiar – en la ficción - la realidad opresiva.

El Derecho, por su parte, se ampara en ocasiones en la mentira y en “ficciones legales”, como herramientas de control, cuando el orden exige contener los riesgos de la libertad. Frente a los abusos del Derecho, ante el fraude y el engaño, ante el control y la opresión, se subleva la novela, como agente de denuncia y protesta.

En ese imaginario de protesta y denuncia, se destacan las novelas de Manuel Zeno Gandía. En Garduña, publicada en 1896, Zeno Gandía cuenta de los manejos turbios de un abogado, quien, con trucos, chanchullos y artimañas, consigue burlar la justicia y despojar de su herencia a la hija natural del causante.

Es curioso el hecho de que en la novelística hispanoamericana, los abogados son generalmente villanos o alcahuetes del villano. Sin embargo, en una de las primeras novelas sobre abogados, El doctor Temis, de José María Gaitán, publicada en Colombia en 1851, el personaje que da título a la obra es un abogado honesto y ejemplar. En las novelas y “thrillers” publicados en Estados Unidos y en España abundan los abogados héroes. (Es imposible de olvidar al abogado Atticus Finch, en la novela “Matar un ruiseñor” (1960), de la autora norteamericana Harper Lee, que interpretó en el cine Gregory Peck en 1962. En el año 1936, Atticus Finch se enfrenta a la sociedad racista de un pueblo miserable del Sur de los Estados Unidos y asume, con un poco de ingenuidad, la defensa de un negro acusado de violar a una mujer blanca.)

En Bufé, la primera novela de la escritora Yvonne Denis, publicada por Isla Negra (2013), el villano no es un abogado provinciano y compadrito. Aquí el abogado, socio de un bufete, es una mera pieza sustituible de un engranaje corporativo, atado a las operaciones múltiples de empresas transnacionales. El mundo agrario y patriarcal de Garduña se ha transformado. Ya no se trata de una intriga sobre herencias y títulos de propiedad. Ahora el engaño y el fraude cobran dimensiones internacionales. Estamos en otro universo, el universo vasto de la globalización postindustrial, las transmigraciones geográficas y cibernéticas, los medios masivos de comunicación, la ciencia y la tecnología asombrosa de las comunicaciones. En este mundo, las relaciones personales son ficticias. El abogado o abogada de éxito es aquél que domina los métodos de facturación. La estabilidad y salud financiera del bufete depende de su habilidad para ocultar los fraudes y trampas multimillonarias de sus clientes corporativos. Gracias a la tapadera, la empresa maximiza sus ganancias.

El personaje principal de la novela, Marina, se mueve entre dos mundos: el primero, el de sus recuerdos de la infancia y adolescencia, familiar y seguro; el otro, el mundo del bufete, amenazante, sinuoso e intrigante. Es un ambiente, sin embargo, que la atrae, como el pez ante el anzuelo brilloso, como la mariposa ante la llama del fuego. Marina es una joven mujer divorciada, sin hijos, estudiante de Derecho, que trabaja como practicante en un próspero y enorme bufete de abogados de Hato Rey, cuyos espacios son laberínticos y sus pasillos conducen a la locura o a la muerte. La novela sugiere que Marina desea ser abogada porque es una profesión de intrigas, pequeñas aventuras y poder. El lujo y el glamour de los abogados ricos la seducen. Pero debería saber que los que penetran en esta jungla de expedientes voluminosos, pleitos judiciales y negocios turbios terminan devorados.

Sin embargo, no es una novela doctrinaria y moralizante. No hay aquí disquisiciones románticas sobre la moral y la justicia. La narración, con escenarios múltiples y aparentemente inconexos, se sumerge en el muladar caótico de las vanidades, las pasiones y las intrigas de la aristocracia jurídica del país. La historia se hilvana en la galería de personajes atrapados en las redes asfixiantes de un mundo ajeno e impersonal, de constante tensión y rivalidades, en el cual el crimen y el asesinato son herramientas útiles de los negocios.

La novela tiene un final extraño, que deja perplejo al lector. Parece apresurado, como si faltaran eslabones. Pero este es el universo propio de la novela, hija de la memoria y la imaginación. Es como un rompecabezas, que el lector debe armar. El estilo realista de la narración, en ocasiones con lastre documental, se torna al final de la novela en realismo mágico.

Se trata de una novela dentro de la corriente pesimista de la literatura puertorriqueña, en la cual no hay final feliz, ni redención, ni héroes. Aún nuestros niños se ahogan en el fondo del caño. El país se nos va hundiendo por las cloacas. El país se pudre. La novela muestra un mundo enfermo y degradado.

Lucien Goldman, a la luz de los análisis sociológico de Georg Lukács, expresó:

“La novela no es otra cosa que la historia de una búsqueda degradada (que Lukács llama demoniaca), búsqueda de valores auténticos en un mundo también degradado, pero a nivel más avanzado y de un modo distinto.”

Les presento pues la novela Bufé, de Yvonne Denis. Léanla.

En San Juan, Puerto Rico, a 9 de mayo de 2013