Lun10142019

Last update09:41:21 AM

“Sin la soga y sin la cabra...”

  • PDF

altLos más de quinientos años de coloniaje que llevamos los puertorriqueños en nuestras espaldas han comenzado a pasar factura durante esta segunda década del siglo XXI. La situación fiscal que afecta al Gobierno, su impacto en la economía local y el deterioro social en que vivimos se han unido para conformar un gran lazo que nos ahoga y nos oprime, nublando nuestro pensamiento e inhabilitando nuestra habilidad de gestar soluciones reales.

La mayoría de nuestros líderes coloniales iniciaron rogativas hacia Washington esperanzados de que el tío Sam resolviera la situación y mandara un huracán  de dólares que infundiera nuevos bríos a un sistema político arcaico y decadente que le permitiera a la colonia respirar y a sus capataces reinflar el globo económico neoliberal que nos ha sumido, no ya en una inflación, sino en una depresión que va en vía de un corralito bancario.

Tan contundente fue el “no” de Washington, que no vino solo, sino con una decisión del Tribunal de Boston, para gestar un maremoto que golpeó la infraestructura gubernamental y con ella al pueblo y nos hizo comprender a todos y todas que somos una colonia a merced de una metrópoli, sus gobernantes  y clases privilegiadas (llamados bonistas).

Lo positivo de toda esta gran crisis económica y fiscal que vive Puerto Rico es que ha servido para que los residentes del Archipiélago Borincano internalicemos dos conceptos que nos definirán durante el siglo XXI. El primero es que ya no es un secreto a voces de que somos una colonia a merced de la voluntad del Congreso de los Estados Unidos de América, y el segundo, de que tanto el Ejecutivo Federal como el Congreso están hastiados (jartos en la expresión boricua local) de mantener esta colonia mal administrada por esbirros que se prestan al juego del mantengo.

El siglo XXI llama a una definición del estatus político del País y a la creación de una economía sustentable y solidaria. No podemos seguir soñando con “pajaritos preñaos”, ni asumiendo que Estados Unidos tiene una responsabilidad fiscal y política con los habitantes de esta nación caribeña por habernos invadido en 1898. Tenemos que abrir los ojos y aceptar que el tiburón del norte tiene los ojos puestos en nuestra hermana, Cuba, un país a tan solo 90 millas de los cayos de la Florida (una extensión de la Perla de las Antillas) que está más que lista para recibir miles de turistas y aventureros a precios módicos y razonables. El morbo norteamericano se ceba en saber que van a una tierra a la cual no han podido visitar libremente por más de 50 años por una decisión arbitraria del imperio.

A esta cruel realidad que presenta un nuevo mercado en el Caribe para la oligarquía estadounidense tenemos que sumarle los mensajes contundentes y poco halagüeños que nos está enviando Washington. Puerto Rico representa un mercado poco atractivo para la inversión estadounidense y, por ende, sus altos costos de producción, su colosal endeudamiento y la falta de una agenda política clara imposibilitan su integración a la unión como un estado.

La Casa Blanca expuso en un informe publicado hace dos años que la estadidad para Puerto Rico es económicamente muy onerosa; además, pocos estados estarán dispuestos a ceder un congresista (tendríamos seis y perder influencias en este gran club político que se denomina  Congreso.

No podemos estar ciegos ni sordos ante los mensajes que nos llegan... Washington tampoco está muy de acuerdo con la independencia de las Islas puertorriqueñas, pero como nación que enfrenta graves problemas económicos y ante el desgaste de su esfera de poder en el hemisferio, no dudo que la consideraría como una opción salomónica que la liberaría de los miles de millones que le adeudamos a sus empresarios y nos haría esclavos del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Tampoco nos debe sorprender la oferta de Alemania de quedarse con estas islitas antillanas; eso era lo que hacían los grandes imperios europeos hasta el siglo pasado cuando no podían conquistar a fuego y sangre un territorio (recordemos que EE. UU. compró las Islas Vírgenes a Dinamarca en 1917).

Ahora, es importante que estemos sumamente atentos a la política de la metrópoli. Vivimos tiempos trascendentales; tiempos de definición y acción.  No podemos postergar más nuestra zona de confort, si no actuamos, los que tienen el poder en sus manos lo harán y estaremos a merced de sus decisiones. Unamos a Puerto Rico para resolver sus crisis socioeconómica y estemos listos para definir el futuro político de la Patria, sea cual sea.

Eso sí, por favor, investigue, no se deje engañar por "líderes" que solo buscan el bienestar de su bolsillo y nos venden promesas irreales y fantasías irrealizables. No crea cuentos de camino; entienda de una vez por todas que somos una colonia de un país imperialista, con una cultura anglosajona y una economía capitalista neoliberal donde el bienestar social de las masas ocupa el último renglón entre sus prioridades.

Ha llegado el momento de la integración nacional. Puerto Rico necesita de sus hijos en la diáspora; ellos si son ciudadanos estadounidenses con poder político y económico. En sus manos podría estar la decisión final del estatus político y el bienestar socioeconómico de los que vivimos en el archipiélago nativo. 

Los puertorriqueños en EE. UU. votan por congresistas, senadores y por los miembros del colegio electoral que escogen al presidente, más importante aún, aportan a sus campañas políticas. Como bien dicen los estadounidenses “money talks and bullshit walks”.

No podemos posponer más la unidad de todos y todas cuyas raíces ancestrales están enraizadas en esta bendita tierra, ¡Borinquen! ¡El momento es ahora! ¡Viva Puerto Rico!