(Ensayos para la terraza. Isla Negra Editores, 2008/2010).

Que otro mundo sea posible me suena a un imposible.  A partir de los encuentros del Foro Social Mundial en Porto Alegre, Brasil, pienso que hemos acuñado una expresión que me sigue resultando difícil de entender.  ¿Pero por qué el otro mundo es posible?  ¿Por qué este mundo no es el mundo posible?  ¿Por qué no aceptar que este es el mundo que nos tocó vivir?

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La primera vez que posé ojos sobre las palabras poetas de José H. Cáez Romero creí haber descubierto/ decodificado su “Secreto”.  Es decir, la raison pour laquelle sa poésie. La razón que le obliga a escribir una poesía maremótica, tsunamizada y que ahoga, todo ello a modo de homenaje o acto de agradecimiento que el autor ejecuta en honor a aquellas otras palabras, de otras grandes poetas que le han conmovido: Julia de Burgos y Anjelamaría Dávila.  Y es que Cáez Romero es hijo de los versos de estas mujeres, y a la vez, se ha auto-parido animal salado/marino.  La poesía de estas grandes lo ha pujado; los versos de estas Ellas lo han traído a la Tierra placenta-acuosa /animalidad-devoradora.  El autor es en estas páginas una animalia oceánica colmada de ternura y ferocidad.

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De camino al aeropuerto de Isla Grande, con el corazón en la boca, por “la nueva aventura llamada” Casa de Campo volando “al estilo Ricky Martín”, no dejaba de pensar en lo contradictorio de esta situación. Santo Domingo, con un ingreso per capita de aproximadamente US $5,282.2 para el 2010 y sosteniendo esta desbordante opulencia. Aeropuerto privado, jet particular y una casa de telenovela estilo Univisión. Ya en el aire más o menos a unos 11 pies de altura se comentaba sobre nuestro destino: La Romana, “Está más o menos al sur, es como Ponce”.

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“El viaje como exploración ambiental y humano ha sido la inspiración de estos

reportajes. El periodista es la estirpe de los viajeros que cierra sus maletas,

dispuesto a vivir una aventura maravillosa…” (Cancio Isla, 12)

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Eso del racismo, brother, no esta en na’. Así decía el cantaautor de salsa Rubén “Panamá” Blades en una canción llamada Ligia Elena sobre el racismo en Venezuela. Es curioso, pues todos reconocemos que hay racismo. Todos reconocemos que es terrible. Pero lo cierto es que convivimos con el, lo naturalizamos y muchas veces aún bajo el “reclamo” de que no somos racistas, hemos adoptado una lógica de exclusión sigilosa con la que convivimos.

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Ayer nadé contra la corriente. Acechaba mi retoño encaramado al peñasco.

El frío bravío lo reclusó. Pegó su trinco a la humedad en piedra..

Entre todos izamos su entrega.

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