Que venga el combo con refresco agrandado y los mahones relaxed

Economia Solidaria


Gran conmoción ha causado una serie de medidas que, entre otras cosas, buscan recopilar estadísticas sobre la obesidad infantil. Lo que ha causado que muchos pongan el grito en el cielo es que una de las medidas impondría un impuesto de 14 centavos al litro de bebidas azucaradas y carbonatadas. Otra imposición contributiva, entre la lluvia de impuestos a la que hemos sido presas escandalizan a muchos ciudadanos, pero francamente, en un Puerto Rico obeso en el que la diabetes es ley, no me ofende un impuesto para beneficiar a la niñez temprana ni a cualquier otra causa noble.

El paquete de tres medidas fue radicado por la representante Luisa Piti Gándara bajo el nombre de Impulso de Niñez Temprana. Podría entrar en detalle en cuanto a lo que dicen estas medidas, pero cuando pienso en lo mucho que ha engordado la población aquí y en los Estados Unidos y la preferencia adictiva por la comida chatarra en la juventud, prefiero compartir mis observaciones de cómo ha aumentado la población a través de los años.

No voy a identificar la década, pero me acuerdo cuando las cadenas de comida rápida se convirtieron en parte de la cotidianidad urbana. Esta fresco en mi memoria el momento en que agrandaron sus combos u ofertas, que conllevan un cono gigante de papas fritas, preparadas en una mezcla de mantecas letales, y sus refrescos gigantes, excesiva y enfermizamente endulzados. Me acuerdo cómo no se sustituyeron las fuentes de agua en los centros de enseñanza y a la vez proliferaron las máquinas de refrescos gaseosos. La compañías de refrescos nos tomaron el pelo, pero como lo azucarado sabe bueno, no dijimos nada. Las papas fritas, cuyo consumo se ha ligado al cáncer del colon, saben bien también, de manera que vociferan en unísono “dáme el combo agrandado”. Ah... y con un postre, ya sea una fritanga de manzana o un sundae de chocolate.

Es como si después de tanta investigación no hubiésemos aprendido nada. Me pregunto con asombro, cómo llegamos a obsesionarnos con el bacon si ya en los 70 se entendía que ese producto es basura grasienta y carcinógena. Una locura colectiva nos atacó hace un tiempo (ya demasiado largo) que nos olvidamos de cuidarnos y tratar de comer más saludable.

Por el contrario, se empezaron a adaptar otras industrias como la de la ropa a los nuevos gustos alimenticios suicidas. Entraron al mercado lo mahones (jeans) relaxed con espacio suficiente para patas de hipopótamos. La moda giró hacia las camisas por fuera ya que era muy difícil ponerse sus puntas debajo del pantalón. La cultura del gordito que le da tres pitos que le digan gordo había comenzado. No me hablen de los concursos de belleza, la gordura también atacó a una generación o dos de jovencitas.

Me gustaría reunirme con la representante para discutir con más calma sus proyectos de ley, pero entiendo su visión y la comparto. Hay que inyectarle algo de cordura a la manera que nos alimentamos y sobre todo como alimentamos a nuestros hijos. La verdad de la época es que más y más mujeres trabajan, y resuelven el problema de darle de comida para sus niños con las “ofertas” de los fast-food. Las tazas de gordura y de diabetes entre la juventud de Puerto Rico se han disparado. Las medidas lo que comunican es que nuestros niños no tienen que estar obesos. Las cadenas de comida rápida podrían ir modificando sus menús.


Por otra, parte la legislación no le prohibe a nadie tomarse un refresco de 109 onzas de cola bien endulzada, un doble hamburger con extra tocineta y una papitas agrandadas. Es igual que el que quiere fumar cigarrillos. Lo importante es que crean conciencia alimenticia, y por eso las aplaudo.