Las lloronas modernas recogen los pedazos que quedan de sus hijos muertos a quienes no volverán a ver. Estas lloronas no son madres que han asesinado a sus hijos como cuenta la leyenda. Todo lo contrario, lloran porque sus 43 hijos normalistas, estudiantes de la Escuela de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero en México, desaparecieron como los niños de Hamelin.

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“Soy viuda», le contesté al reparador de pisos que pretendía saber si podía contar con fuerza masculina para sacar los muebles de una habitación, teniendo él otros empleados a su cargo. No sé por qué le mentí. Tal vez, sentí miedo por su pregunta, pues vivo sola, soy mujer. Tal vez, lo sentí como una intromisión a mi privacidad. No lo sé bien.  En cuanto a la viudez, reflexiono. Es un concepto de dolorosa soledad, de pérdida de un compañero de viaje que nunca he tenido, por lo que no volvería a decir algo semejante por respeto a las viudas que he conocido. Pero si me encontrara con el reparador de pisos y me preguntara por él, por el difunto, creo que como escritora tendría que continuar mi historia. 

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Tras desplomarse la torre norte y la sur, solo quedó un intenso silencio y la oscuridad pobló las calles del bajo Manhattan. El humo negro marcaba el cielo, como la fumata que sale de la Capilla Sixtina, cuando no se ha podido elegir un Papa.

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Fumar es el comienzo, la divisa
la batalla que agota la esperanza
transformarme en un cuerpo estropeado
y sin más voluntades en mi alma.

Mamá lo decía tarde y noche
que la tristeza así no se combate
Hijo mío:
«te vas a reventar en ese bache»

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El viejo y obeso doctor llegaba siempre a la oficina a la misma hora con su maletín en la mano derecha y en la izquierda el periódico. Todos los días, se levantaba a las cinco de la mañana, y tomaba una ducha fría que hacía que la somnolencia desapareciera. Luego, el ritual consistía en prender la cafetera para prepararse un rico café colombiano. A esa hora no podía desayunar porque cualquier alimento que ingiriera le iba a caer mal. Mientras esperaba que su espeso café negro estuviera listo, se vestía para salir a trabajar. Echaba la bebida caliente en un recipiente para llevar; apagaba las luces, cerraba la puerta, abría el portón eléctrico con el control, se montaba en su auto y se dirigía tranquilamente, a escuchar los secretos que sus pacientes en confesión le narraban. Cada vez que llegaba a la oficina había más pacientes, la mayoría de ellos con depresión porque ahora todos están deprimidos.

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Estos son los primeros rayitos de sol tomados desde mi balcón esta mañana como a las 7:30 am. Llevo semanas tratando de capturar un amanecer puro y las nubes no me lo permiten. Es el invierno veraneado de mi Puerto Rico que hace que nos despertemos más tarde y que muchas personas asocien las celebraciones navideñas con un estado anímico particular y algunos hasta se depriman.

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