Galilea ínfima en movimiento

constante adentro de la mirada

daba vueltas tratando de encontrar no sé qué

muy hacendosa en el todo blanco

limpio como una caja de pietri.

En ese cielo nocturno los planetas eran

un abrir y cerrar de ojos de cometas

el frío, el dolor, el frío y la cola de sangre

demasiada

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Su manifestación de alegría se escuchó en todo el barrio a eso de las seis de la mañana. El grito fue tan fuerte, que después pensó que los vecinos creerían,que su marido la estaba maltratando. Ese grito salía,desde lo más profundo de su corazón, porque a pesar de todo, cumplió con su trabajo cabalmente. No faltó a sus clases, ni siquiera el 15 de abril, aunque el día antes, le habían puesto la segunda dosis de la vacunaModerna. Desde la cama, adolorida, tomando pastillas, observaba a los estudiantes contestando su examen y hasta hizo sus horas de oficina. Muchos compañeros le decían: “Cuando llegues a Catedrática verás que cogerás las cosas relax y entenderás que esto es para treinta años.” Se prometió que jamás asumiría esa actitud derrotista, porque si por lo menos a un estudiante le gustaba su clase, había salvado una persona del mundo de la ignorancia. Se levantó de la cama; estiró las extremidades y respiró a nivel consciente, porque era un acto de liberación, por eso Aristóteles decía que: “El aire es tu alimento y tu medicamento.”

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La mujer se sentó frente a su computadora a las ocho de la mañana como de costumbre. Ni siquiera sabía que era el día del maestro y aunque parezca irónico, se lo recordó un exestudiante. Era uno de esos jóvenes comprometidos con aprender y de los que ya escasean.

Ella comenzó a preparar el examen final del curso, pero lo hacía sin entusiasmo. Hace años que veía como la educación del país iba barranca abajo, como la obra del uruguayo Florencio Sánchez. Trabajó por horas; sólo se levantó para almorzar y prepararse una taza de café a las tres de la tarde.

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–Tía, ¿por qué me traes a este puente?, pregunta la nieta. –Porque te quiero contar un cuento triste: Existió una vez una jovencita que amaba a los animales, en especial, a los perros a los que bañaba, recortaba y mimaba en su trabajo como especialista de belleza canina. Ella creció y se hizo adolescente. Veía películas de príncipes engreídos, princesas más o menos bobas, y escuchaba en los bailes música de letra agresiva; además de unas creencias generalizadas de que las mujeres debían seguir a los hombres. Y no faltaban nunca las telenovelas trágicas, las turcas con mujeres sufridas y descontroladas, las de narcos famosos y sus mujeres que solo están pendientes a su amor o su dinero.

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Entonces, le inundó la cueva de espejos de piedras lisas. Ella no los quiso porque sabía que su vida era muy corta para perderla en rizos. Abandonó su oficio para crear una escultura de barro, otra; y, la adornó con piedras y flores para que simulara reflejar su imagen. Al regresar, se halló solo. Le había dejado un dibujo rupestre con forma de mano indicándole que ni ella ni sus descendientes se reflejarían jamás en ningún espejo paradisiaco.

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